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EL ESPIRITU DE LA NAVIDAD
Comprar, comprar y comprar. Magnifico el articulo de
Vicente Verdu en el Pais donde nos abre los ojos sobre uno de los grandes
simbolos de la civilizacion moderna: El Corte Ingles.
TRIBUNA: VICENTE VERDÚ La episteme del
regalo y El Corte Inglés VICENTE VERDÚ 27/12/2006
"¿Es
imaginable que una parte de la población viva las fechas navideñas sin
pasar una sola vez por El Corte Inglés? Puede imaginarse pero no se
concibe. La omnipresencia y hasta la omnisciencia de El Corte Inglés ha
convertido a gran parte de este país en una tribu multiclase a la que
pertenecen ya como afiliados con tarjeta unos diez millones de españoles.
¿Debe extrañar que la arquitectura de sus centros reproduzca la morfología
de fortalezas esotéricas o naves espaciales que prometen el oro aquí o en
el más allá excéntrico?
El Corte Inglés es popular pero es a
la vez de condición populista que acoge tanto a la empleada o el
funcionario como a la señora condesa. Funciona como una empresa privada,
¿pero quién duda de que forma parte de las vidas privadas con un sentido
más cerca de lo institucional que de lo empresarial?
¿Será oficial, espiritual, El Corte
Inglés? Merecería que lo fuera y cuesta trabajo creer que su espíritu
pertenezca al capitalismo general. No obstante, casi cualquier asunto que
afecte a El Corte Inglés afectaría a la economía puesto que no en vano se
abastece de 26.000 fabricantes españoles y emplea a más de 95.000 personas
entre fijos y temporales. Su peso bruto no acaba además en los millones de
metros cuadrados que ocupa sino en la desbordante valoración de solares
que genera en su entorno apenas brota la noticia de su llegada a un
municipio.
El Corte Inglés marca las ciudades y sus
entornos, provoca caravanas de compradores desde cien kilómetros a la
redonda, manda en los usos y costumbres, en los viajes, en los préstamos y
en los sueños. Unos amigos en Cuba que departían con unas chicas recién
conocidas se afanaban en piropearlas y ellas les atajaban diciendo: "Por
favor, dejen eso. Háblennos de El Corte Inglés".
El Corte Inglés resulta prosaico si se
escuchan sus mensajes radiofónicos o sus anuncios televisivos y sólo en un
aspecto destaca como seña brillante en su contribución a la modernidad en
este país. Se trata, efectivamente, del regalo, porque hace medio siglo,
cuando aquí todavía se regalaba muy poco y en muy singulares ocasiones, El
Corte Inglés decía insistentemente: "Practique la elegancia social del
regalo".
Se regalaba entonces coincidiendo con la
boda, la comunión o el cumpleaños pero ¿regalar de esa manera tan fina?
Efectivamente, porque aunque se tratara de asumir un mensaje de aura poco
conocida en la clase media, los consejos de El Corte Inglés nunca han
caído en saco roto. Habla poco este centro oracular pero siempre lo hace
en referencia a cuestiones prácticas y contenidos serios. De otro lado, El
Corte Inglés constituyó la suprema parroquia de las ascendentes clases
medias y simbólicamente actuaba como una sede de acogida para el
inaugurado consumidor moderno.
Dentro de El Corte Inglés se encontraba
prácticamente de todo y cualquier cliente sin idea precisa para regalar se
sumergía confiado en su universo. "Tenemos un deseo para ti y para todos
los tuyos" repite la empresa. El deseo más recóndito se hallará
supuestamente allí, desde los calcetines al whisky y desde el televisor al
juguete.
El Corte Inglés ha resuelto tantas
urgencias y compromisos en su historia del regalo que de nuevo se trata
menos de una tienda que de una institución de socorro, transformación y
asistencia. Instancia central en la construcción, evolución y destrucción
del regalo contemporáneo. Y, destacadamente, desde una Navidad a otra.
De hecho, una portentosa cantidad de
regalos se realizan desde El Corte Inglés y siguiendo un circuito que ha
cristalizado plenamente. El cliente sabe que El Corte Inglés le devolverá
el importe de su compra y esta opción crucial ha penetrado en el sensible
corazón del obsequio. Poco importa que el objeto elegido vaya o no a
gustar, sea apropiado o un adefesio: en su interior posee el resorte para
obtener el canje.
Todo individuo a quien se obsequia
recibirá en adelante no un don especial que subraye su condición de sujeto
pasivo, digno de un plus de bienestar, sino que, mediante la crítica
posibilidad de canjear, se verá pronto impelido a la engorrosa y frecuente
tarea de hacer lo necesario para librarse de la birria.
Con ello, aquella elegancia social que
evocaba un quehacer armónico o seráfico se sustituye por la tosca maniobra
de endosar al otro cualquier cosa, sin importar demasiado el qué y
buscando saldar siempre el dictamen del regalo. De este modo, el gesto de
regalar que usualmente rezumaría amor se trasforma en un embate implícito,
fácil de percibir en el desencajado rostro del eventual receptor seguro de
hallar tras el envoltorio una inconveniencia palmaria y verse abocado
después al calvario de las devoluciones o el proceso de endoso.
Del que regala en estas fechas no podrá
esperarse, por tanto, que demuestre su amor al otro sino la defensa de su
tiempo escaso través del más fácil, accesible o irreflexivo de los
obsequios. No es al prójimo a quien se intentará procurar cierta felicidad
pero tampoco realmente a uno mismo.
Uno y otro, actuando aquí o allá como
sujetos que regalan, tienden de reducir al mínimo la energía empleada y su
fastidiosa secreción altruista. Todos se regalan a todos en la suprema
consumación de la utopía proyectada por El Corte Inglés hace medio siglo,
pero este paraíso de la ofrenda elegante no aparece ya, como sería
esperable, multiplicando la autoestima de quien da y de quien recibe sino
perjudicando definitivamente a ambos en una secreta relación de
rencores.
El agasajo se asemeja menos así al
alborozo o al homenaje que a una tajante liquidación de arduos compromisos
y, de paso, a la anulación del gesto ilusionado de aquel que, como
acreedor, espera recibir de nuestra exigente culpabilidad algún
provecho.
El Corte Inglés, fuente ubérrima de luces
y objetos, se transmuta de este modo en el supertemplo expiatorio de la
Navidad. Dentro de sus muros la población cumple el ejercicio de compras,
devoluciones y canjes sin fin en una ceremonia de exterminación mutua y
masiva. Una escabechina supersocial basada paradójicamente en la navideña
exigencia letal del regalo y entre el glorioso ámbito de los 15.000
millones de euros de facturación anual de El Corte Inglés." |